Por: Roberto Felipe
La noche era oscura y negra al despertar de mis sueños, el
temor me arropó y solo quise gritar y gritar, - ¡¡¡mami!!!, ¡¡¡mami!!!,
¡¡¡mami!!!, era la palabra que me salía de los labios, y tu corrías cual héroe
a salvarme de aquél peligro, que aquella imaginación de infante creía venir.
Ahora ya en la primavera de mi vida, cuando la juventud
aflora y los sueños son los objetivos que se tratan de lograr, siempre estás tú,
guiando mis pasos, tomándome de la mano y amándome a pesar de mis ofensas.
A veces creo que exageras, que me controlas demasiado y que
no me dejas crecer, pero una voz amiga me dijo: - Para una madre un hijo nunca
crece, ella vive un conflicto en su corazón y sus entrañas, antes te podía
proteger, te abrigaba en sus senos, controlaba tus actos y velaba de cerca tus
movimientos, ahora que alzas el vuelo, sufre al saber que el destino cruel y
las leyes de la vida, le impiden acompañarte físicamente en el andar de tu
historia, pero siempre vivirás en su mente y serás el primero en sus oraciones,
aun cuando ella ya no esté en este mundo –
Gracias Madre Mía por haberme entregado tu vida, a mi quien
robó tu juventud y te hizo esclava de un llanto, espero perdones mis malos
tratos pues no las mereces, olvides mis ingratitudes pues sabes que te amo,
gracias madre mía por haberme enseñado a amar, pues solo se que existe el amor
de Dios, por que existe el amor de Madre.