Por: Roberto Felipe
Nos aprestábamos a cenar, luego de llegar del trabajo. Mi esposa y Luisa
arreglaban la mesa, mi hijo no dejaba su nuevo carro a control remoto, claro que
ya estaba destrozado, "pocos días le duran los juguetes". Ya con los tenedores
en mano, Chelita mi esposa le preguntaba a Luisa por su familia. Luisa tiene
siempre la sonrisa con un aura de tristeza, se da tiempo para criar a su hijo
Raí de siete meses, mientras cuida a nuestro hijo Estéfano de tres años. El
relato sobre su familia nos aprisiona, nos cuenta que su familia vive en las
serranías de la Libertad colindante a la selva de San Martín, son demasiado
pobres pues solo trabajan la tierra para comer, ella no terminó la primaria y
escapó de su casa a los trece años para evitar los malos tratos de su padre,
realizó una caminata de tres días durmiendo en cuevas y a la intemperie para
llegar a la selva, Tocache específicamente, "hablaba de lo duro de la vida por
esos lugares, de un mundo a la espalda de nuestro mundo". Mi esposa lucha por
darle de comer a mi hijo mientras sigue el relato, Raí se quedó dormido en
brazos de su madre, yo ya termino la sopa con aquella cuchara inmensa, regalo de
mi padre, !!!y sucede!!! Una lágrima surca el rostro de Luisa, no sabemos que
hacer el silencio reina cual emperador cruel sobre sus súbditos, - Mi padre
tiene un hijo con mi hermana, su hija - dice ella. Su relato se confunde con el
temblor de su voz, nosotros nos confundimos con nuestra sorpresa, "ese mundo al
que vivimos de espaldas a veces toca entrañas inhumanas, las leyes no existen,
dentro de la extrema pobreza el patriarcado se asienta más, la mujer es
despojada de sus derechos y el abuso del hombre se confunde con sus
frustraciones".
Termina contando que su hermana no sale a la calle de vergüenza y al igual
que ella también quiere huir, su madre y demás familiares hacen de la vista
gorda y evitan el tema, por temor y vergüenza.
Luisa se levanta, se lleva a su hijo para su cuarto, Chela no logró que mi
hijo terminara su comida, él prefirió una galleta aprovechando nuestra
distracción por el relato, pero a ella y a mi nos queda un sabor amargo en la
boca, no de la comida, si no, de la injusticia y el abandono que reinan en esos
pueblos de la serranía peruana.