Por: Roberto Felipe
Una Travesura
Hoy mientras trabajaba frente a la computadora, acompañado con música de un
CD de baladas antiguas, aquellas baladas que viven en la eternidad, esas que no
mueren ante la música editada, una de esas canciones titulada "Una sonrisa una
lágrima", me llenó de nostalgia, recuerdos y suspiros.
Recordaba a mi hijo en mis brazos, el apenas con tres meses en la vida, con
el rostro rojizo, con el cuerpo tan frágil con la ternura materializada en su
ser, yo cantándole, una sonrisa una lágrima, siempre me salían lágrimas cuando
le demostraba ese acto de amor y hoy que lo recuerdo ocurre lo mismo, ?cómo pasa
el tiempo?, empecé a preguntarme, Estéfano ya tiene tres años es un niño
terrible, demasiado inteligente y cada día lo amo más.
Antes era su fragilidad la que me envolvía hoy son sus travesuras las que
llenan mis días.
Hoy le doy la razón a mis padres, luego quizás el ara lo mismo - como si yo
tuviera razón -.
Chelita me manda a comprar algo para el dolor de vientre, pues está gestando
trajinó mucho y necesita algo que calme ese dolor. Preocupado me alisto con
Estéfano y salimos rumbo a la farmacia. Llama mi madre y me dice: - cómprale
muña, eso le ara bien - nunca creí en las hierbas milagrosas, paso por el
mercado y nadie tiene esa vendita hierba, - al demonio - nos dirigimos a la
farmacia mientras Estéfano no se cansa de pedirme un helado, le digo que espere
que pasamos por la farmacia y luego le compraré el helado. Se sale la cadena de
la moto, - que día demonios -, llegamos donde el mecánico y le pido que me ayude
con ello, mientras Estéfano ya tenía el helado, - no la habrás hijo yo la
abriré, espera- le digo, converso con el mecánico y a lo lejos mi hijo mordía la
bolsa del helado, esos de donofrio, - no creo que la abra -, pienso. El mecánico
demora, yo ya le tenía más miedo que al dolor de vientre de Chelita, a los
gritos que me daría por la demora, tomo un motocar - en tocache abunda esta
movilidad -, le llamo a Estéfano, se acerca y puedo ver que solo el treinta por
ciento del helado había llegado a dar a su estómago lo demás paseaba por su polo
y su pantalón, la ira invadió mis entrañas - a veces olvidamos que en ocasiones
nosotros tenemos menos ecuanimidad que un niño de tres años - lo tomé con fuerza
por los brazos, lo senté al motocar, diciéndole: - !!que desobediente eres te
dije que no la abrieras, que espeso eres!! -, esperaba que se abandonara en
llanto, pero no, allí estaba él, sin inmutarse, con la bolsa del helado vacía en
sus manos, con su máscara de helado y la ropa que complementaba aquel disfraz de
súper héroe heladero, me miró y solo llegó a decirme estirando su mano hacia mi:
- ? Papi, quieres? -, con esas palabras, me quitó la armadura de guerra, me puso
el disfraz de barney y tuve que abrazarlo, prometiéndole que jamás le volvería a
alzar la voz - difícil promesa, conociéndolo -.
Llegamos a casa, sin medicinas, sin moto, luego de dos horas de haber salido
de emergencia, Chelita estaba apunto de estallar, de dolor y de cólera, pero al
vernos, le calmó el dolor, explotó en carcajadas, pero sobre todo se le quitó
las ganas de darme un dulce regaño.